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Tesis Programáticas para la IV
Internacional
I. Una nueva etapa en la época de la agonía del
capitalismo
1 Las características que distinguen a la presente etapa
histórica han sido determinadas a partir de la disolución de
la Unión Soviética y de la restauración del capitalismo que se
encuentra en curso, en distinto grado, en Rusia, en China y en
el conjunto de los ex estados obreros degenerados. Aunque
nunca hayan salido del marco de la economía capitalista
mundial, como tampoco habrían podido hacerlo, su desaparición
ha ampliado geográfica y socialmente la dominación del capital
en una escala sin precedentes.
La restauración capitalista ha reforzado la competencia dentro
de la clase obrera mundial al reintegrar al mercado mundial a
centenares de millones de trabajadores. La expropiación del
capital, al limitar esa competencia por medios
revolucionarios, había significado un progreso de la lucha de
la clase obrera contra la clase capitalista por el reparto del
ingreso mundial.
2 La restauración del capital en los ex estados obreros puso
fin a una larga serie de tentativas del proletariado para
acabar con los regímenes burocráticos con métodos
revolucionarios. Las revoluciones políticas contra las
burocracias gobernantes de todos los ex estados obreros, entre
1953 y 1989, debutaron como una rebelión de las fuerzas
productivas que se habían desarrollado en el marco de la
economía planificada contra su deformación y estrangulamiento
por parte de las burocracias contrarrevolucionarias. Sin
embargo, a partir de las crecientes alianzas económicas,
políticas y diplomáticas de la burocracia
contrarrevolucionaria con el imperialismo, esas revoluciones
se fueron transformando, objetivamente, en una rebelión de
fuerzas productivas contra el capital mundial. La restauración
capitalista significa, de conjunto, o sea con independencia de
los resultados parciales y relativos que pueda tener en este o
aquel país, una regresión histórica de las fuerzas productivas
impuesta por las relaciones sociales existentes.
El ingreso de los regímenes burocráticos al sistema
internacional de la deuda externa; los acuerdos cada vez más
frecuentes de sus gobiernos con el FMI; los tratados
internacionales que comprometían a la burocracia con la
defensa de la propiedad y del mercado capitalistas (Helsinki,
1975, cesión de Hong Kong, 1982), fueron otras tantas
manifestaciones de la tendencia de la burocracia a la
restauración capitalista.
La desintegración de los aparatos de estado en China y en
Polonia, en el marco de la "revolución cultural", uno, y de
las ocupaciones de fábrica de finales de los 70, el otro,
marcaron los puntos de viraje que dejaron a los regímenes
sociales "transitorios" sin una ‘tercera opción’ entre la
restauración del capitalismo y la revolución proletaria.
Estas crisis revolucionarias no solamente reflejaron el
agotamiento del ‘socialismo en un solo país’ sino también el
impasse de conjunto del capitalismo mundial. Tuvieron lugar
cuando el llamado ‘boom’ económico internacional de la
posguerra se había agotado y una década después de la crisis
internacional de 1971-75 que inició una declinación económica
relativa muy prolongada y extensa.
3 La restauración del capitalismo, que se encuentra en las
etapas iniciales, ha ampliado el radio de explotación del
capital internacional. La apertura de los ex estados obreros
le ha ofrecido al capital una nueva posibilidad de
explotación, que involucra a centenares de millones de
personas (China) o la posibilidad de apropiarse, además, de un
sofisticado parque tecnológico (Rusia). Pero este principio de
salida a la saturación del mercado mundial ha sido acompañado
por una mayor saturación de ese mismo mercado mundial.
Ocurre que en estrecha relación con esta ampliación se ha
intensificado la competencia entre los monopolios capitalistas
internacionales que procuran la conquista de esos nuevos
mercados y un nuevo reparto del mercado mundial. La mayor
movilidad geográfica ganada por el capital ha acentuado la
competencia dentro del proletariado a nivel internacional. La
competencia entre los trabajadores se manifiesta,
indirectamente, por medio de la explotación de fuerzas
productivas y trabajadores más baratos, y, en una forma
directa, en la ola de inmigrantes hacia las metrópolis. En los
países atrasados se agrava la sobrepoblación relativa que
resulta de la quiebra de la pequeña producción y de la crisis
agraria, en tanto que en las metrópolis se manifiesta un
marcado retroceso social.
Como el capital encara la restauración capitalista con los
métodos que le son propios, se han reforzado también sus
tendencias fundamentales: concentración de la riqueza en un
polo y de la miseria social en el otro; acentuación de la
anarquía económica y, por lo tanto, de las crisis financieras
y comerciales; liquidación de los estratos intermedios y de la
pequeña producción; incremento de las crisis agrarias y de los
estallidos campesinos; un mayor bloqueo del desarrollo
independiente de las naciones atrasadas. En última instancia,
impulsando nuevas guerras y nuevas revoluciones.
Con la restauración capitalista, la crisis histórica del
capitalismo no se ha atenuado sino que se ha agudizado. Es que
el derrumbe de los estados obreros degenerados se procesa en
el marco de las tendencias de la crisis capitalista mundial.
Desde la ex Alemania oriental a Rusia se desenvuelve un
verdadero retroceso en el nivel de civilización. En China, la
invasión del capital extranjero ha explotado el desnivel entre
la economía mundial y el atraso histórico de China para dar
lugar a un desarrollo tan explosivo como unilateral, pero que
provoca, junto a una enorme polarización de la riqueza, la
demolición de la economía estatal, todavía mayoritaria, y una
gigantesca crisis agraria. Las economías más avanzadas, por su
lado, sufren una seguidilla de crisis financieras cada vez más
amplias e intensas, que arrastra a monopolios y naciones
enteras a la bancarrota y a la explosión social y política.
Por primera vez se encuentra amenazada la supervivencia de la
Unión Europea como entidad política. La crisis histórica del
capital ha avanzado varios peldaños, y ello ha reforzado la
tendencia a la creación de situaciones revolucionarias y de
revoluciones sociales. Se pone de manifiesto, de este modo, la
tendencia del capital hacia su propia disolución.
4 La etapa abierta por el derrumbe de los estados obreros
degenerados ha disuelto el sistema de relaciones
internacionales establecido por los acuerdos de posguerra y,
con ello, ha generado crisis internacionales cada vez más
profundas. El agotamiento de la ‘arquitectura diplomática’ de
la llamada ‘guerra fría’ es una expresión de una nueva etapa
en las relaciones entre las clases sociales en su conjunto.
Los partidos que respondían al aparato internacional manejado
por Moscú han fracasado en su prolongado intento por
reconvertirse en partidos reformistas ‘nacionales’ y de un
modo general se encuentran en desintegración. Asimismo, se han
venido abajo numerosos estados clientes de la burocracia rusa,
en especial en los Balcanes, Medio Oriente, Asia Central y
Africa. La restauración capitalista en la ex URSS no solamente
ha provocado una desorganización económica generalizada, sino
que ha hecho saltar todos los antagonismos nacionales
soterrados de su estado policial. Las naciones de Asia Central
y del Cáucaso se han convertido en un gigantesco campo de
disputa para el imperialismo mundial. En el plano de las
relaciones políticas internacionales, la nueva etapa se
caracteriza por crisis estatales y guerras generalizadas en
todos los continentes.
II. La ideología del imperialismo en la actual etapa
5 La caracterización de la etapa en curso, que realiza la
academia oficial y semi-oficial, como una ‘globalización’ (se
refiere al capital) reviste de un carácter histórico
progresivo a la restauración capitalista en los ex estados
obreros. La globalización del capital, sin embargo, es un
fenómeno que llegó a su apogeo histórico hace mucho tiempo,
con la plena formación del mercado mundial y la emergencia del
imperialismo. Expresa la declinación del capitalismo, no su
ascenso. La regresión histórica, que tiene un punto de
culminación con la restauración capitalista en curso, tuvo su
inicio con la contrarrevolución burocrática, que no fue más
que la expresión de la presión de la economía mundial
capitalista sobre un "socialismo" aislado en "uno" o varios
países históricamente retrasados. La ‘globalización’, en tanto
restauración del capital allí donde había sido expropiado, no
constituye un avance sino un retroceso histórico, y conlleva,
de un lado, la pérdida de conquistas históricas y sociales en
esos países así como a nivel internacional. La ‘globalización’
es la expresión ideológica de la destrucción del socialismo
como perspectiva, la cual que fue históricamente conquistada
por el proletariado en dos siglos de lucha de clases.
Adjudica la victoria transitoria del capital sobre los
regímenes sociales no capitalistas dirigidos por una
burocracia, a una capacidad del capital para revolucionar
indefinidamente las fuerzas productivas, lo cual escamotea, de
un lado, el carácter internamente contradictorio del capital
y, del otro, su carácter históricamente condicionado; que el
avance de la ciencia y la técnica, que el capital impulsa, no
como una finalidad social conciente, sino por la necesidad de
incrementar la explotación del trabajo ajeno, potencia sus
contradicciones y las hace cada vez más explosivas.
El eufemismo ‘globalizador’ pretende poner un signo igual
entre la liquidación de las formaciones económicas
precapitalistas por parte del capital mundial en la época
histórica de su ascenso (liberalismo) y la destrucción de la
propiedad estatizada y de la economía planificada en la etapa
del capital monopolista en disgregación.
Presenta a la unificación capitalista del mercado mundial como
una perspectiva aún no completada, y no como una realidad que
ha agotado sus posibilidades históricas y que engendra crisis
económicas explosivas, catástrofes sociales mayores y guerras
todavía más destructivas.
La ‘globalización’ rechaza que la restauración capitalista
tenga un carácter transitorio, cuyo desenlace será determinado
por el desarrollo de la presente crisis mundial.
6 La ‘globalización’ es una ficción ideológica que pretende
igualmente encubrir el conjunto de tendencias dislocadoras del
capital mundial. Por ejemplo, la extensión fenomenal del
capital ficticio (endeudamiento público y privado, de
inversores y consumidores, financiero y especulativo), que
supera con creces el capital en su forma material y que lleva
a la ruina los presupuestos estatales. El desarrollo del
capital ficticio bajo la forma de una extensión sin
precedentes de los mercados de capitales constituye un medio
poderoso de confiscación económica adicional de los
trabajadores, de los estratos sociales intermedios y de
estados enteros.
La llamada tercerización o subcontratación, otra
característica de la mentada globalización, no representa una
nueva fase histórica de la industrialización bajo el impulso
de la división internacional del trabajo, sino un desarrollo
parasitario de los grandes pulpos capitalistas, que sustituye
la industrialización de los países atrasados por la
implantación de maquiladoras y armadurías, para explotar la
mano de obra barata y saquear fiscalmente a las naciones
involucradas.
El resultado de este conjunto de tendencias es la
sobreproducción crónica de mercancías y capitales, la
tendencia a la depresión económica, la generalización (esta sí
global) de la deflación a escala internacional y la
desocupación obrera más alta y permanente de la historia del
capitalismo. La llamada globalización ‘engloba’ a todas las
formas del capital como un capital ‘global’, para ocultar, de
este modo, su fase histórica específica, o sea el nivel
excepcional que ha alcanzado su desarrollo parasitario y
rentístico.
7 El desarrollo capitalista de las últimas décadas ha
reforzado la contradicción entre el carácter mundial del
desarrollo de las fuerzas productivas y del mercado, por un
lado, y el carácter nacional de los capitales, los monopolios
y los Estados. O sea que se ha acentuado la anarquía
capitalista.
El reforzamiento de la nacionalización de los capitales pone
al desnudo el carácter interesado de las expresiones
apologéticas tales como ‘trasnacionales’, ‘multinacionales’ o
‘globalización’. La nacionalización del capital se manifiesta
de forma especial en la supremacía que ha alcanzado el capital
norteamericano, por sobre todo en la banca de inversión.
La Unión Europea ha fracasado en su intento de crear un
capital específicamente europeo en oposición a los capitales
norteamericanos y japoneses e incluso con referencia a los
capitales nacionales de los respectivos estados europeos, o
sea franceses, italianos, alemanes o incluso griegos. La
atomización nacional del capital monopolista en Europa no ha
sido superada ni por la creación de un Banco Central ni por
una moneda única; esta última ha exacerbado las
contradicciones de sus economías nacionales, como consecuencia
de sus acentuados des-niveles de desarrollo. La tentativa de
establecer una moneda de reserva propia, en competencia con el
dólar, es una manifestación muy destacada de las rivalidades
nacionales del capital y constituye una constante fuente de
choques internacionales, enfrentamientos diplomáticos y hasta
guerras por interposición (fuera y dentro de las fronteras de
Europa). La coalición que tiene lugar entre diversos pulpos
económicos de nacionalidades diferentes tiene, casi
unánimemente, un carácter transitorio. Es la manifestación del
choque de unos bloques nacionales contra otros, que se
disgregan, a su turno, con cada manifestación de la crisis
económica en general. Los estados nacionales son más que nunca
las herramientas de los monopolios en la lucha por la
supremacía en el mercado mundial. Este fenómeno se ha
acentuado con la política de ‘libre comercio’, la que priva a
las naciones más débiles de la posibilidad de protegerse con
medidas de orden político y las deja al arbitrio de las muy
pocas naciones más poderosas, en especial los Estados Unidos.
8 La formación de la Unión Europea no ha sido un proceso
histórico lineal. Ha representado, en diferentes etapas, los
intentos de adaptación y de supervivencia de la burguesía
imperialista europea a las condiciones cambiantes de la crisis
mundial. Bajo denominaciones parecidas ha representado
fenómenos sociales y políticos diferentes.
Sea para contener la revolución social en la posguerra; sea
como un marco que permitiera restablecer los viejos estados
nacionales agotados por dos guerras mundiales, como las únicas
formas concretas de dominación política del capital; sea para
resolver la crisis de sobreproducción mediante una eliminación
parcial de las barreras al comercio; sea como un método
político para unificar la ofensiva contra los trabajadores
luego del fin del ‘boom’ de posguerra y el comienzo de la
presente etapa de crisis; sea para organizar la lucha contra
el capital norteamericano en el cuadro de esta misma crisis
mundial; sea como un intento, finalmente, de los estados más
poderosos, especialmente de Alemania, para adaptase al
derrumbe de la URSS y de Europa oriental y anexar a los nuevos
mercados del este y Rusia. El imperialismo europeo ha montado
un conjunto de "corredores" (transportes, caminos y ductos),
para enlazar al oeste de Europa con el Cáucaso y hasta Asia
central, pasando por los países que componen la península de
los Balcanes.
Bajo la presión de la crisis económica mundial y de las luchas
de los trabajadores, sin embargo, las tendencias centrífugas
tienden a imponerse cada vez más sobre las centrípetas. La
utilización de las rivalidades nacionales por parte del
capital financiero norteamericano tiende a fracturar a la
Unión Europea. El crecimiento de esta lucha interimperialista
condiciona el conjunto de la crisis política mundial. Desde
los Balcanes, Rusia y el Cáucaso hasta el lejano Oriente, Irak
y Palestina, las crisis, los enfrentamientos nacionales y las
guerras expresan, cada vez más, la creciente oposición entre
los capitales y estados europeos, que están también divididos
entre ellos, y el norteamericano. Las manifestaciones de una
tendencia a la dislocación de la Unión Europea se han
acentuado, sembrando la confusión entre quienes la
consideraban irreversible y le aseguraban un progreso
infinito.
9 Las tendencias centrífugas y el choque creciente con el
imperialismo norteamericano han afectado los ritmos de
desarrollo de las crisis políticas, con especial impacto en el
viejo continente. Esta tendencia de conjunto condena al
ridículo a quienes abogan por completar el desarrollo de la
Europa imperialista con una "construcción más democrática". La
penetración de los monopolios europeos en los países del este
ha reforzado la tendencia imperialista de la UE, agudiza la
competencia entre los pulpos internacionales, acentúa la
disolución social creciente en los Balcanes y el este y
potencia la ofensiva del capital y de sus Estados contra las
condiciones del proletariado del oeste.
La crisis económica que provocó el estallido de la burbuja
financiera norteamericana, a principios del 2002, se ha
manifestado con la mayor agudeza en la Unión Europea, en
especial en la tendencia a la depresión económica que afecta a
Alemania, Francia e Italia. La pérdida de posiciones de estos
países en el mercado mundial, en beneficio del capital
norteamericano, ha planteado una aguda tensión entre la
burguesía y el proletariado, porque el capital europeo no
puede hacer frente a la competencia internacional sin
incursionar severamente contra las conquistas sociales y
laborales de las masas. El ataque contra la seguridad social y
la salud ha abierto una etapa de conflictos de clase violentos
en Europa. El ‘espacio’ para una ‘construcción democrática’, o
sea en el marco imperialista, se achica de más en más.
Idealizada por sus apologistas como un medio de superar los
límites que imponen las fronteras nacionales al desarrollo de
las fuerzas productivas, la Unión Europea se ha revelado
rápidamente como un freno a ese desarrollo. Estalla, en cierto
modo, el intento de encajar en un único molde institucional
los agudos desniveles de desarrollo capitalista que
caracterizan a la UE. La IV Internacional denuncia el carácter
imperialista de la Unión Europea y de sus propósitos de
expansión oriental; destaca que el imperialismo plantea una
tendencia a la reacción política y no a la democracia; señala
que ha fracasado en el intento de superar el escollo histórico
de las fronteras nacionales para desarrollar las fuerzas
productivas, y aun más, que ha creado escollos adicionales que
tienen que ver con su artificialidad histórica; y pone de
manifiesto que la tendencia imperialista y la tendencia a
acentuar sus contradicciones conducen a un agravamiento de la
lucha de clases en el interior de Europa. Este conjunto de
factores refuerza la tendencia a crisis políticas de
envergadura en los países europeos e incluso a que se plantee
una cuestión de poder. La IV Internacional inscribe en este
marco a la crisis política de abril del 2001 en Francia,
cuando se produjo una licuación política de los partidos
tradicionales de la derecha y de la izquierda, en combinación
con grandes movilizaciones de masas, en especial de la
juventud. Quedó al desnudo, en esa crisis, el agotamiento de
la democracia imperialista. Sobre esta base la IV
Internacional denuncia el carácter reaccionario de la consigna
por una Unión Europea democrática y social y plantea la total
vigencia de la unión del proletariado europeo por la
expropiación del capital y el establecimiento de los Estados
Unidos Socialistas de Europa.
10 La fase económica mundial que se inicia alrededor de los
años 70 se distingue de la que tuvo lugar a partir de la
posguerra, no solamente por una inversión de tendencia en la
curva general del desarrollo de la producción. La
caracterizan, por sobre todo, las recesiones cíclicas de
características explosivas que se combinan con crisis
financieras de inusitada amplitud, como consecuencia del
estallido de las ‘burbujas’ especulativas, del extraordinario
endeudamiento de los Estados, y de los capitales individuales
y de los consumidores, con los que se intenta cebar la
‘recuperación’ económica. Los derrumbes financieros que van de
1997 al 2001 clausuran el ciclo especulativo extraordinario
que se inicia con la ‘euforia’ que provocó la disolución de la
URSS.
La economía mundial, en su conjunto, se caracteriza por la
tendencia a mayores crisis financieras y a la deflación. La
política mundial, a su vez, se encuentra condicionada por
estas tendencias de la economía.
11 La guerra de los Balcanes, Afganistán, Irak, el Cáucaso,
Palestina y diversos países de Africa ha inaugurado una etapa
de guerras imperialistas de alcance internacional, que refutan
por completo la pretensión universalista de la
‘globalización’, su carácter idílico, o sea puramente
‘económico’ y ‘pacífico’, o la ‘naturalidad’ de la supremacía
del capitalismo en la presente etapa histórica. El derrumbe
‘práctico’ e ideológico de la ‘globalización’ se expresa en el
resurgimiento de sus expresiones formalmente opuestas, como la
del ´choque de civilizaciones’, la necesidad de ‘las
construcciones nacionales’ o la especie del ´terrorismo
internacional´ como una guerra mundial que no se presenta como
un enfrentamiento entre estados.
Esta nueva oleada de guerras es apenas la etapa preliminar de
un nuevo período de matanzas. Ella es, antes que nada, una
expresión eminente del empantanamiento del capital. No
involucra solamente una rivalidad comercial relativa al
petróleo y a los mercados de materias primas del Asia central.
Es una manifestación irrefutable de que la restauración
capitalista es un proceso de violencias y de guerras. Su hilo
conductor es la lucha por la conquista económica y política
del espacio dejado por la disolución de la Unión Soviética y
por el control de la restauración capitalista en China. La
hegemonía de la restauración capitalista por alguno de los
bloques en disputa desequilibraría decisivamente las
relaciones de fuerza entre las distintas potencias
imperialistas. La lucha por la conquista de los mercados
orientales de Europa y de Asia tiende a transformarse, por
este motivo, en una lucha interimperialista sin paralelo en la
historia. Esta lucha interimperialista, expresión de una
crisis enorme en las relaciones entre las clases dentro de
todos los estados, deberá potenciar las crisis y las luchas
entre las clases en todas las naciones, incluidas las semi-colonias.
Desde un punto de vista histórico de conjunto, la etapa actual
forma parte de toda una época, que arranca con la primera
guerra mundial y las revoluciones que la sucedieron,
fundamentalmente la revolución de octubre del 17. Las
contradicciones mortales de esta época, entre las guerras
imperialistas y la revolución, no encontraron su salida en el
curso de la segunda guerra mundial. Por un lado, la victoria
del ejército rojo sobre el nazismo, la revolución china, la
extensión de la URSS al este de Europa y varias revoluciones
en las colonias pusieron un límite a una salida basada en la
restauración del capital en la Unión Soviética. Por otro lado,
la derrota de la revolución en Europa, el restablecimiento del
capitalismo golpeado por la guerra y la prolongación de la
dominación de la burocracia contrarrevolucionaria en los
estados obreros bloqueó la salida histórica de la revolución
socialista a escala internacional.
En la fase ulterior, las revoluciones políticas, el derrumbe
de la burocracia y la crisis capitalista mundial dieron al
traste con la ‘coexistencia pacífica’ o la ‘convergencia de
sistemas’. El actual período histórico plantea la alternativa
entre la restauración completa del capitalismo a través de la
barbarie de las guerras y el retroceso social de las masas, o
la victoria definitiva de la revolución socialista, que sería
reforzada por los desastres de la restauración capitalista y
que, por lo tanto, podría encontrar más que nunca un terreno
fértil en las naciones imperialistas. Los reformistas y los
centristas se han apresurado demasiado en dar por cancelada la
época de guerras y revoluciones y en pontificar la aurora de
una "paz infinita".
III. La dirección del proletariado
12 La crisis de la dirección del proletariado ha sido el
factor decisivo de la crisis en que ha entrado la humanidad.
Para superar esta crisis de dirección, se plantea en la
actualidad reconstruir una dirección de la clase obrera
mundial. Ha transcurrido un largo período de tiempo y la
experiencia de varias generaciones desde que la vanguardia de
la clase obrera podía hablar aún en nombre de una dirección
histórica del proletariado revolucionario. Las derrotas
sufridas por la clase obrera, desde las que destruyeron sus
organizaciones a las políticas, éstas no menos profundas, se
han manifestado en un retroceso en la conciencia de clase de
las masas; finalmente se ha producido la derrota de las
revoluciones políticas y, como consecuencia de ello, la
desintegración de los estados obreros.
En el campo popular han resurgido las tendencias nacionalistas
pequeño burguesas en sus formas más atrasadas e incluso
reaccionarias. Las llamadas organizaciones políticas
tradicionales de la clase obrera se encuentran, en la mayoría
de los casos, copadas por la burguesía, incluso la burguesía
imperialista; los partidos stalinistas se han reciclado
penosamente al democratismo pro-imperialista. No se manifiesta
en el seno de las organizaciones tradicionales la irrupción de
movimientos obreros combativos o alguna tendencia real que
reclame a su interior un "retorno a las fuentes históricas".
Las organizaciones que se reclaman, de una u otra manera, de
la IV Internacional han sucumbido a este recule de la
conciencia de clase y desempeñan en la mayoría de los casos el
papel político que le corresponde a la pequeña burguesía
democratizante o nacionalista. Esto ocurre aún allí donde la
defensa de la democracia burguesa y de la identidad nacional
son planteos reaccionarios, como es el caso de los países
imperialistas. Las largas décadas que han pasado desde que la
bancarrota de la II Internacional dejó planteada la crisis de
dirección del proletariado internacional, y desde la fundación
de la III y IV Internacional, han dejado un gran vacío
temporal, es decir teórico y organizativo, para la nueva
generación del proletariado. La reiteración, por parte de
algunos grupos, de que representan la continuidad
revolucionaria, no es otra cosa que una petición de fe
sectaria, que ha servido para encubrir diversos tipos de
degeneración ideológica. Las condiciones subjetivas para la
reconstrucción de la Internacional Obrera, cuyo punto
programático más desarrollado aún se encuentra condensado en
el programa de transición de la IV Internacional, han sufrido
un considerable retroceso, que sólo podrá superarse en el
marco de la lucha de clases internacional en su conjunto que
caracteriza en forma creciente a la etapa que está en curso.
13 Desde la manifestación de masas de Seattle, en 1999, se ha
puesto en evidencia un gran movimiento internacional de lucha
contra el imperialismo. Esta irrupción constituye una de las
expresiones de lucha más destacadas de la presente crisis
mundial. El movimiento anti-globalización debutó denunciando
"la dictadura" de las organizaciones financieras y comerciales
internacionales, pero enseguida impulsó también movilizaciones
multitudinarias contra la guerra imperialista en los Balcanes
y en Irak. Objetivamente, ha sido un factor de intervención
popular en las crisis políticas que han afectado a las
potencias imperialistas involucradas en la guerra.
Aunque la presencia de la juventud trabajadora es dominante en
las movilizaciones anti-globalización, el proletariado no
interviene en ellas como clase, con la conciencia de tal, o
sea con sus banderas, sus reivindicaciones o incluso sus
organizaciones. Cuando en algunas ocasiones aparece la
burocracia de los sindicatos, la finalidad es arrastrar al
movimiento al campo del imperialismo. No hay ninguna duda, sin
embargo, que constituye una etapa en la maduración de la
actual generación de trabajadores.
La ‘pluralidad’ que alega el movimiento no es óbice para que
predomine en él una corriente política perfectamente
organizada que plantea la regulación del capital financiero y
el pacifismo entendido como factor de presión de la ‘opinión
pública’ o incluso pro-ONU. Como dentro de esta corriente
participan, sin embargo, tendencias diversas, incluido el
Secretariado Unificado, el grado de sus incoherencias es
enorme. Por ejemplo, se opone al libre comercio agrícola,
alegando la defensa del raleado campesino francés, pero apoya
la libertad de comercio cuando lo plantean los países
agrícolas subdesarrollados manejados por Cargill o Dreyfus.
Denuncia a las organizaciones internacionales que se encargan
de la regulación del capital pero ella misma exige esa
regulación para enfrentar la anarquía capitalista creciente y
hasta para acabar con la pobreza. Rechaza la ‘globalización’
en nombre de la defensa de las "identidades nacionales", pero
se enfrenta al nacionalismo, incluso de las naciones
oprimidas, invocando la necesidad de "otra globalización". Es
tanto "identitaria" (tribal) como cosmopolita o liberal
(imperialista). Critica el Alca pero defiende el Mercosur, el
cual, dominado por las grandes corporaciones, no pretende otra
cosa que servir de puente para una alianza comercial con
Estados Unidos o Europa. Sus foros internacionales se
convierten cada vez más en tribunas de los representantes del
imperialismo, en especial europeo, y en medio para el
"diálogo" con los ‘foros’ que también realizan la banca y el
gran capital.
14 El curso pro-imperialista del PT de Brasil ha sido un golpe
político descomunal que la corriente que defiende la llamada
antiglobalización capitalista ha preferido ignorar. La
experiencia previa del Congreso Nacional Africano, de Nelson
Mandela, que gobierna para los grandes monopolios sudafricanos
es, sin embargo, reivindicada por la tendencia dirigente del ‘anti-global’.
Bertinotti, otra de sus principales espadas, pretende arribar
a un acuerdo de gobierno con el imperialista Olivo. Esta
corriente, que se ha rebautizado con el nombre de
"otra-globalización", es internamente incoherente incluso en
su pacifismo, ya que un sector lo reivindica en Irak pero no
en los Balcanes y sólo hasta cierto punto para Afganistán.
Propugna combatir la violencia de la guerra con métodos
pacíficos, pero por sobre todo como un movimiento de opinión
‘plural’ que no pueda transformarse, en ningún caso, en un
factor de combate y de alternativa a los gobiernos
imperialistas que impulsan la guerra.
El ‘alterglobal’ se caracteriza a sí mismo como movimientista
(‘movimiento de movimientos’), es decir que se opone a la
construcción de un partido internacional, y más aún si es
clasista. O sea que carece de un planteo de poder y que evita
los medios para luchar por el poder y los combate con
encarnizamiento. Es funcional al poder capitalista
establecido. Confiesa, de este modo, que se niega a jugar un
papel independiente en la crisis mundial y que no podrá
intervenir en ella sino de un modo empírico y circunstancial.
El ´alterglobal´ niega resueltamente la posibilidad de las
situaciones revolucionarias que son engendradas por la
descomposición del capitalismo. Denuncia las tentativas de
convertirlas en revoluciones y en la vía histórica para la
toma del poder por la clase obrera. Su ala ‘trotskista’ (SU)
añade, de su propia cosecha, que la época revolucionaria
mundial iniciada con la revolución de octubre ha concluido.
Este planteo viene del eurocomunismo, en 1970, y antes de él
de la teoría del "socialismo en un solo país". Sin embargo,
aún en un periodo de restauración del capitalismo, de
retroceso de la conciencia de clase y de la pérdida de
conquistas históricas cuya obtención marcó una larga época del
proletariado mundial, las contradicciones insalvables del
capital llevan a la creación de situaciones revolucionarias,
que sólo pueden ser resueltas en forma favorable para la clase
obrera si son transformadas en revoluciones proletarias y en
el cuadro para la conquista del poder por los trabajadores y
para el establecimiento de la dictadura del proletariado en el
plano mundial.
15 La experiencia del gobierno del PT marca la bancarrota
mortal de todas las corrientes políticas que se siguen
reivindicando del Foro de San Pablo. El Foro de San Pablo se
ha convertido en el principal factor de contención de las
luchas de los trabajadores y de desmoralización política de
los luchadores. En Brasil, ha formado el gobierno de mayor
concentración de representantes capitalistas directos de toda
la historia del país. En la reciente crisis revolucionaria
boliviana jugó un papel decisivo para encaminar a las
direcciones existentes a aceptar una salida constitucional, e
incluso se ha transformado en un nexo directo entre Evo
Morales y el imperialismo. No ha asumido siquiera una posición
de defensa incondicional del gobierno de Chávez, en Venezuela,
por el contrario ha sido el vehículo para la ‘mediación’ del
imperialismo en la crisis venezolana. Adelantándose incluso al
gobierno argentino, el de Brasil se encuentra en la primera
fila de la ocupación militar de Haití. Lo que ocurre con el PT
repite lo ocurrido con los ex frentes guerrilleros o ex
partidos stalinistas en Centroamérica, en especial el FSLN, de
Nicaragua, y el FMLN, de El Salvador.
El destino del PT brasileño confirma la naturaleza
proimperialista de la pequeña burguesía profesional que se ha
pasado del foquismo al democratismo, de un lado, y el carácter
potencialmente contrarrevolucionario de la burocracia que se
fue formando en los sindicatos, del otro. Desde un punto de
vista programático, pone en evidencia el carácter
proimperialista de los planteos democratizantes, es decir que
postulan la posibilidad del progreso social en los marcos
constitucionales de los países oprimidos, o sea de los que por
la ausencia de independencia nacional y de un desarrollo
capitalista interno no han conquistado las premisas históricas
de la democracia.
El PT se transformó en un partido totalmente confiable para la
burguesía y el imperialismo al cabo de un prolongado período
de integración de sus cuadros y burocracia al Estado, lo cual
fue embellecido, por la teoría de moda, como la expresión de
una "gran capacidad de construcción política". La
participación política de la izquierda democratizante en las
instituciones del Estado capitalista se ha vuelto a revelar
como un poderoso factor de degeneración política. La
participación parlamentaria y municipal del Partido Obrero,
desde la Constituyente de Santa Cruz en 1995 y de las
elecciones del 2001 en Salta y Buenos Aires, ha servido para
la utilización revolucionaria de las instituciones estatales y
para el desarrollo de la conciencia y de la organización
revolucionarias.
La bancarrota política del PT ha dado lugar a un proceso de
diferenciación dentro de la izquierda democratizante, hasta
ahora de reducida amplitud. Tampoco se trata de una
diferenciación socialista, porque no critica los fundamentos
programáticos democratizantes ni los condicionamientos
políticos oportunistas que dieron origen al PT (desplazar a
los trabajadores de una lucha de masas al campo electoral y
encuadrar al proletariado en la ‘normalización institucional’
iniciada por la dictadura de ese entonces). Se encuentra
ausente también en esta diferenciación la comprensión del
carácter potencialmente revolucionario de la situación de
Brasil en su conjunto. La dirección del PT adjudicó como la
finalidad fundamental de su ascenso al gobierno impedir la
situación revolucionaria que podría engendrar una bancarrota
financiera. O sea combatir el ‘peligro’ de un ‘argentinazo’,
que luego vio confirmado en Bolivia.
En la crisis política que ha provocado en la izquierda
latinoamericana y en el movimiento obrero el gobierno
pro-imperialista del PT (y que tendrá una nueva edición en el
gobierno del Frente Amplio en Uruguay) impulsamos construir
partidos obreros revolucionarios, de un lado mediante la
crítica implacable al democratismo o antiimperialismo
nacionalistas y de contenido burgués, y del otro lado
desarrollando la agitación en la clase obrera y las masas,
especialmente las más explotadas, como los desocupados y
campesinos sin tierras, de un programa de reivindicaciones
inmediatas fundamentales y de reivindicaciones transitorias.
Frente a la experiencia de gobiernos burgueses petistas o
chavistas, en América Latina, exigimos la expulsión de los
ministros capitalistas de los gobiernos que encabece la
izquierda; la ruptura con el FMI y el repudio a la deuda
externa; la nacionalización de la banca, de los grandes
monopolios y de los latifundios bajo control obrero; el
enfrentamiento del sabotaje capitalista mediante la ocupación
de las empresas y la gestión obrera; el reemplazo de las
organizaciones armadas de la burguesía por la organización
armada de los obreros y de los campesinos; y una acción
continental de lucha por los Estados Unidos Socialistas de
América Latina.
IV. Una etapa de guerras imperialistas y la lucha
internacional contra la guerra
16 La guerra imperialista en los Balcanes ha dado inicio a un
nuevo período mundial de crisis internacionales, guerras y
revoluciones.
La IV Internacional no pone un signo igual, como lo hace el
pacifismo, entre las diferentes clases de guerras. Denuncia
que las guerras son el producto de un régimen social
determinado y expresan la explosividad de sus contradicciones,
de ningún modo una tendencia particular de gobierno. Son
engendradas por el régimen capitalista de producción y por las
rivalidades entre los diferentes grupos capitalistas y son un
instrumento de dominación económica y de opresión nacional del
imperialismo. La IV Internacional combate las guerras
imperialistas con el método de la revolución social.
La IV Internacional señala la obligación de caracterizar a las
guerras de acuerdo a la estructura social de las naciones
enfrentadas. Combate las guerras entre naciones imperialistas
mediante la organización de la guerra civil de los explotados
contra la burguesía dominante del propio país, de un lado, y
mediante la colaboración revolucionaria con los trabajadores
de los países ‘enemigos’, del otro.
Combate también como reaccionarias a las guerras entre
naciones oprimidas y llama a la confraternización entre sus
trabajadores y al frente unido contra el imperialismo.
Denunciamos el apetito estrecho de las burguesías locales y su
manipulación por parte del imperialismo para reforzar la
dominación semicolonial prevaleciente.
La IV Internacional apoya incondicionalmente las guerras de
las naciones oprimidas contra el imperialismo y participa
prácticamente del lado de la nación oprimida. Apoya asimismo
la lucha organizada y de las masas contra el esfuerzo militar
y político del imperialismo contra las naciones oprimidas.
Dentro de estas últimas apoya toda colaboración política y
militar con las tendencias que combaten al imperialismo con
métodos populares y colabora efectivamente con ellas sin
resignar en ningún momento la independencia política. Las
situaciones nacionales donde la opresión del imperialismo
mundial se combina con una opresión colonial o nacional
interna, de parte de las burguesías o incluso pequeña
burguesías locales (como, por ejemplo, en los Balcanes, en
Siria o en los países del Golfo Pérsico), no se diferencian
sino en cuestión de grado de las naciones oprimidas donde
dominan dictaduras sangrientas. En todos estos casos apoyamos
la unidad de la lucha contra el imperialismo, incluida la
colaboración práctica con los opresores locales contra los
opresores internacionales, sin resignar para nada, ni en
ningún momento la reivindicación de la libertad nacional y de
la democracia política contra los opresores nativos. La
derrota del imperialismo capitalista internacional es la
condición necesaria para la conquista de la libertad nacional.
Defendemos la unidad de los pueblos de la ex Yugoslavia contra
la OTAN, así como la libertad nacional para kosovares,
macedonios, montenegrinos en el marco de una Federación
socialista de los Balcanes (con Albania, Rumania, Grecia y
Bulgaria).
Impulsamos la unidad de todos los pueblos que componen Irak
contra la coalición imperialista yanqui y la libertad y
autodeterminación nacionales, por ejemplo para los pueblos
turcomano y kurdo. Denunciamos las limitaciones insalvables
del enclave kurdo apoyado por el imperialismo yanqui en Irak y
las contradicciones insalvables, desde el punto de vista de la
nación kurda, que supone el propósito de integrarlo en una
federación iraquí bajo protectorado norteamericano. La
libertad y unidad nacionales del pueblo kurdo suponen, antes
que nada, el derecho a la unidad libre con los kurdos de
Turquía (y de Siria, Irán e Irak), derecho que es incompatible
con la dominación del capitalismo turco, del imperialismo
yanqui y de la OTAN. La expulsión del imperialismo de Irak
exige la movilización de todos los explotados del Medio
Oriente por la independencia y liberación nacionales y plantea
la lucha por una Federación Socialista del Medio Oriente.
17 La autodeterminación, unidad e independencia nacionales de
Palestina constituyen el centro histórico de la cuestión del
Medio Oriente. La guerra de Irak se inscribe en el marco de
las tentativas reiteradas del imperialismo para liquidar los
derechos nacionales palestinos. El imperialismo ha injertado
en el Medio Oriente un monstruoso estado cliente, el Estado
sionista, que se encuentra en las antípodas de la liberación y
desarrollo nacionales de los pueblos de la región. La
independencia nacional del Medio Oriente es incompatible con
el Estado sionista; una derrota del imperialismo en la
presente guerra lo barrería del escenario meso-oriental. La
lucha del pueblo palestino resume la determinación histórica
de la emancipación nacional en el Medio Oriente. Ha ganado
este derecho en la lucha viva contra la opresión imperialista
moderna.
El sionismo no tiene un carácter nacional progresivo; su tarea
histórica ha sido la confiscación económica y territorial de
los pueblos nativos, financiado por una agencia internacional
que es la propietaria del 99% del suelo que ocupa. El sionismo
constituye un obstáculo contrarrevolucionario para un
desarrollo libre y universal del pueblo judío. La situación
social de las masas judías en el estado sionista ha empeorado
enormemente, de un lado como consecuencia de la crisis
económica internacional, del otro como consecuencia de la
competencia económica entre los trabajadores inmigrantes,
árabes y judíos. El nuevo impasse mortal que enfrenta el
pueblo judío sólo puede ser resuelto por medio de la unión con
los trabajadores árabes para destruir políticamente al estado
sionista y forjar una República socialista única de Palestina
en todo su territorio histórico, de uno y del otro lado del
Jordán. La IV Internacional denuncia la posición que sostiene
que la descomunal militarización del sionismo opone una
barrera infranqueable a una lucha nacional palestina y condena
a las masas palestinas a una larga colaboración histórica con
el sionismo. Por el contrario, destacamos la artificialidad y
fragilidad históricas del sionismo y señalamos su dependencia
de la crisis mundial en curso. La lucha política contra el
sionismo no se restringe al ámbito regional del Medio Oriente
sino que debe tener un carácter internacional, tanto entre las
masas de obediencia musulmana como entre los judíos, en
especial los trabajadores y la juventud. La lucha contra el
racismo y el antisemitismo debe servir para unir a los
trabajadores musulmanes y judíos y para hacer avanzar la causa
de la expulsión del imperialismo mundial y del sionismo del
Medio Oriente.
18 La IV Internacional denuncia el carácter imperialista y
opresor del laicismo en los Estados que han dejado atrás hace
mucho tiempo su época de formación nacional y de combate
contra el clero, y son, en la actualidad, Estados opresores de
naciones y nacionalidades. La neutralidad religiosa en los
Estados imperialistas, al igual que lo que ocurre con la
democracia, tiene un contenido opresor. Es un arma de combate,
no contra el clero y el oscurantismo clerical, sino contra el
ateísmo y la ciencia. Es también un instrumento de la lucha de
las confesiones de las naciones opresoras contra las
confesiones de las naciones oprimidas. El laicismo
‘occidental’ escamotea también los lazos que se refuerzan
cotidianamente entre los Estados y la iglesia histórica
oficial, así como con el Vaticano. Dada la hegemonía del
capital financiero, esos lazos son históricamente más
estrechos en la actualidad que en la época en que aún no se
había sancionado la separación de la Iglesia del Estado. Toda
una gama de corporaciones y fundaciones, que financian el
progreso imparable del clero en el campo de la educación y la
cultura y de la asistencia social, aseguran una relación
estrecha creciente entre el clero y el estado democrático.
La ofensiva del estado imperialista francés contra los jóvenes
y trabajadores que no comulgan con las religiones
establecidas, en especial contra los de obediencia musulmana,
es una herramienta del capital contra la unidad entre los
diversos sectores del proletariado y refuerza la tendencia
comunitarista entre quienes no comulgan con la religión
oficial, como lo es, a todos los fines prácticos, la católica.
Los Estados imperialistas laicos se valen de la neutralidad
religiosa, no como un medio de lucha contra el oscurantismo
sino contra el ateísmo y el comunismo. La circunstancia de que
esa neutralidad puede entrar en conflicto con tendencias
confesionales extremas no atenúa en nada el hecho de que es un
medio de dominación cultural y político de la burguesía
imperialista e incluso de la religión oficial, a través del
apoyo que recibe del capital financiero. La misma finalidad de
división de la clase obrera expresa, en especial en los países
imperialistas o desarrollados, la promoción del
"multiculturalismo" por parte del Estado, alegando la
necesidad de proteger las "diversidades" étnicas o religiosas.
Se pretende, en realidad, confinar a los trabajadores
inmigrantes y a sus descendientes en una suerte de ghettos,
controlados por una burocracia tutelada por el Estado, y
disimular de este modo la brutal discriminación de que son
objeto tanto desde el punto de vista de los derechos formales
como de las condiciones sociales. La IV Internacional llama a
la clase obrera de los países imperialistas a fortalecer los
lazos con los trabajadores de obediencia musulmana mediante la
lucha de clases común contra el capital y a valerse de esa
lucha y de la organización que ella exige para emanciparse a
si mismos y a sus hermanos de clase de toda forma de
oscurantismo religioso, en primer lugar contra la iglesia
dominante, y de toda dominación clerical comunitarista. La IV
Internacional llama a los trabajadores de obediencias no
católicas a no dejarse engañar por los reclamos de la igualdad
cultural y a poner en el primer plano de sus esfuerzos y de
sus luchas las reivindicaciones sociales, contra el capital,
por la igualdad de acceso a las conquistas obtenidas por los
trabajadores del país en el curso de una larga lucha
histórica. La IV Internacional destaca como un ejemplo la
persistencia de oposición de las masas de Bolivia a la
dominación clerical católica, y llama a convertirla en una
bandera que sirva a la participación de millones de indígenas
en la revolución social y de ningún modo para reivindicar un
particularismo étnico que no tiene futuro positivo bajo el
capitalismo.
19 La IV Internacional rechaza cualquier forma de
subordinación política de los obreros y campesinos árabes
respecto a sus burguesías y feudales, que es propiciada en
nombre de la unidad de la Nación Arabe, y destaca la
importancia de la lucha política contra los explotadores
teniendo en cuenta las peculiaridades de los diferentes
Estados árabes. Señala, fundamentalmente, que la lucha por la
emancipación nacional sólo puede triunfar por medio de la toma
del poder por los trabajadores, o sea que ponemos en un primer
plano la lucha por el derrocamiento de las burguesías y
feudales árabes y sus gobiernos.
La liberación nacional palestina enfrenta una colosal crisis
de dirección; la totalidad de su dirección pequeño burguesa ha
pasado a un compromiso con el imperialismo y el propio
sionismo. La llamada Autoridad Palestina es una barrera
política para la lucha contra el sionismo y para la lucha por
unir a los trabajadores de toda la región, en especial de
Siria, Líbano y Jordania, contra la opresión del imperialismo
y las dictaduras semi-feudales, burguesas o pequeño burguesas.
La IV Internacional pone todas sus energías en la construcción
de un partido obrero revolucionario en Palestina.
20 En el ámbito de las actuales guerras internacionales,
denunciamos la colaboración entre el imperialismo y la
burocracia restauracionista de Rusia en la guerra llevada
adelante contra la nación afgana, que se manifiesta en el
arriendo o cesión de bases militares a la OTAN en varios
países de Asia Central. Esta colaboración fue comprada a la
burocracia rusa a cambio de su ‘derecho’ a continuar una de
las guerras en curso más crueles y despiadadas, contra la
nación y el pueblo chechenos. Denunciamos, asimismo, que esta
guerra de opresión se lleva a cabo en el marco de una
negociación inconclusa entre la burocracia rusa y el
imperialismo yanqui, que puede detonar nuevas guerras
regionales con alcance internacional, por el reparto económico
y político de la región en torno al mar Caspio y del Cáucaso,
en particular en relación a la explotación y el transporte de
petróleo. La IV Internacional apoya la lucha guerrillera del
pueblo checheno contra el opresor ruso, apoyado por la Unión
Europea y Estados Unidos, por su derecho a la
autodeterminación e independencia nacionales. La IV
Internacional llama a los pueblos del Cáucaso a luchar en
común tanto contra el imperialismo yanqui, la OTAN, la Unión
Europea y la burocracia rusa, por la construcción de una
Federación Socialista del Cáucaso.
21 El campo de lucha fundamental contra la guerra debe tener
lugar en las propias metrópolis imperialistas. La lucha contra
la guerra ha dado lugar a movilizaciones de masas
extraordinarias y al inicio de crisis políticas de los
gobiernos imperialistas. Esto ya ocurre en España e Italia y
en una medida un poco menor en Gran Bretaña. La guerra tiene
un efecto confiscatorio sobre los pueblos de las naciones de
Europa, cuyos estados no pueden lidiar con déficits fiscales
crecientes (¡Italia ha comenzado a poner en venta su
patrimonio cultural!). Los botines que ofrece la guerra
imperialista no compensan el costo que ésta le ocasiona a los
golpeados presupuestos nacionales y el agravamiento de la
bancarrota de los sistemas de previsión y de salud, tanto
estatales como privados, e incluso de estos últimos
especialmente.
El acaparamiento de los principales negocios de la guerra por
parte de los monopolios norteamericanos y el prodigio de los
Estados Unidos para financiar la guerra y cebar una
reactivación económica mediante el aumento de la deuda
pública, acentúa aún más la vulnerabilidad de los Estados
europeos. Estas contradicciones se encuentran potenciadas, a
su vez, por la agudización de la rivalidad entre el
imperialismo yanqui y, en particular, los imperialismos
francés, alemán y, en parte, inglés. Se van acumulando de este
modo la acción de los factores que precipitarán crisis
políticas aún mayores y movimientos populares de lucha de
mayor envergadura.
La IV Internacional señala la incapacidad del pacifismo para
acabar con las guerras que son engendradas inevitablemente por
el régimen de explotación del hombre por el hombre, y
denuncia, de un lado, su carácter homeopático y, del otro, su
carácter, anestesiante. Los revolucionarios propugnamos
convertir el crimen de la guerra en crisis políticas cada vez
más intensas en las metrópolis, especialmente mediante el
señalamiento a las masas de que esas crisis políticas
crecientes son la consecuencia inevitable de sus luchas anti-bélicas
y sociales y de que ellas representan, no solamente un mal
menor con relación a la libertad de acción que pretende la
burguesía para continuar sus guerras, sino el marco más
propicio para acabar con la guerra mediante la acción
revolucionaria obrera. En la lucha práctica contra la guerra,
la IV Internacional plantea la huelga y el boicot a los envíos
militares de los países imperialistas, desarrolla una
agitación contra el imperialismo en las fuerzas armadas y
reclama la inmediata nacionalización sin pago de todos los
capitales promotores de la guerra, bajo control obrero, en
primer lugar de la industria de armamentos, pero igualmente de
la petrolera o la farmacéutica, conforme fueron denunciadas
internacionalmente. En la medida del crecimiento de la
conciencia y de la organización de los trabajadores, estas
crisis políticas deben ser convertidas en revolucionarias. La
lucha contra la guerra imperialista devuelve al primer plano a
la lucha de clases en las naciones capitalistas avanzadas.
22 El imperialismo ha llevado adelante la guerra hasta ahora
bajo el patrocinio, la cobertura y la protección de la
democracia. No ha necesitado recurrir al fascismo. No
solamente esto; ha actuado, además, para contener y disipar
los brotes fascistizantes o nacional-imperialistas, como ha
ocurrido en Alemania, Dinamarca, Francia y Austria. Ha
preferido los recambios políticos de centroizquierda a los
golpes de estado de la extrema derecha. El pseudo-fascismo
actual, en el viejo continente, tiene un campo limitado de
acción porque representa una tendencia de oposición
nacionalista a la Unión Europea, que sigue siendo el arma
principal de la burguesía para luchar por un lugar en el
mercado mundial y para disputar la restauración capitalista en
el este. La burguesía no tiende, en Europa, a una guerra entre
sus intereses nacionales, sino que se orienta a la creación de
un directorio político de sus Estados más fuertes. El
imperialismo, en sus metrópolis de dentro y fuera de Europa,
se considera mejor servido, por ahora, por la democracia. Esto
demuestra el grado de la colaboración de clases de la
socialdemocracia, la burocracia de los sindicatos y la pequeña
burguesía izquierdizante. Lejos de ser un precio de libertad
que le hubiera impuesto la burocracia obrera a su burguesía
imperialista, es una extorsión del imperialismo para
mantenerla como rehén de la política y de la guerra
imperialistas. La democracia no es de ningún modo el sinónimo
de la paz cuando se trata de la democracia burguesa y menos
todavía de la imperialista.
La guerra y la democracia imperialistas se encuentran, sin
embargo, recíprocamente condicionadas por la capacidad para
mantener la "paz social" en sus metrópolis. En la medida en
que las contradicciones capitalistas y las de la propia guerra
minan esa "paz social", el régimen democrático se ve
comprometido. Se encuentra fuera del alcance de la burocracia
obrera la posibilidad de regular o mitigar las contradicciones
objetivas del capital; por eso, si aún quiere conservar la
"paz social" en condiciones menos favorables para ello, debe
recurrir a la división de las masas que hacen frente a la
ofensiva capitalista, a la paralización de las organizaciones
obreras y a la capitulación lisa y llana ante las patronales y
el Estado. Es lo que han hecho los sindicatos y la izquierda
en Europa y la AFL-CIO en los Estados Unidos. Desde mediados
de los 90 la dirección de los sindicatos norteamericanos se
encuentra en manos de una dirección reformista y
centroizquierdista, que incluso llegó a coquetear con las
manifestaciones de masas "contra la globalización". Un ala
izquierda de esta dirección intentó plantear la construcción
de un Labor Party. Esta nueva dirección ha sido un sólido
baluarte del imperialismo yanqui en todo el curso de la
presente crisis mundial.
La medida en que va siendo minada la "paz social" en las
metrópolis lo ofrece el creciente empobrecimiento de las
masas, por un lado, y en particular el carácter crónico, con
una curva creciente, de la desocupación de masa, y la fuerte
tendencia al cercenamiento de las libertades democráticas, por
el otro, con características propias de un Estado policial,
que se desenvuelve en nombre de "la lucha contra el
terrorismo". Desde el Pentágono norteamericano, especialmente,
se procura convertir al anti-terrorismo en el pretexto para la
completa subordinación de las fuerzas armadas del resto de los
países. Por todo esto, mientras denunciamos la dependencia
completa de la democracia burguesa al imperialismo, llamamos a
la lucha por la defensa de las libertades democráticas
formales y de organización en las naciones imperialistas,
incluida especialmente la defensa del derecho de resistencia a
las guerras y a la opresión étnica o nacional por medios
revolucionarios. Denunciamos a la campaña "contra el
terrorismo" como dirigida contra la independencia nacional de
las naciones históricamente atrasadas. Denunciamos que la
reacción política en las metrópolis se nutre del sometimiento
nacional y señalamos que la lucha por la emancipación de estas
naciones es la forma más alta del combate por la democracia
formal.
V. El carácter inconcluso de la restauración
capitalista
23 El enorme avance de la restauración del capital en los ex
Estados obreros no significa de ninguna manera que se trate de
un proceso histórico que haya arribado a una conclusión. La
importancia teórica de esta caracterización reside en que
condiciona la caracterización de la crisis capitalista mundial
en su conjunto. Es necesario distinguir los estadios que
caracterizan el desenvolvimiento del capital y en especial el
entrelazamiento de sus diferentes etapas. En esto consiste,
precisamente, el análisis histórico concreto.
La transferencia sin precedentes del patrimonio estatal a un
puñado de acaparadores privados no le ha quitado todavía su
lugar de arbitraje excepcional a la burocracia estatal oriunda
del viejo régimen (con referencia a las burocracias de los
países capitalistas, incluso los más estatizados). Esto es muy
claro tanto en China como en Rusia, pero vale hasta cierto
punto también para algunos países de Europa oriental. En Cuba,
ese arbitraje es el más autónomo. En Cuba la restauración del
capital ha seguido la vía de inversiones extranjeras limitadas
y no ha habido virtualmente transferencia de propiedades
estatales, aunque el patrimonio económico público se encuentra
principalmente en manos de una corporación, las fuerzas
armadas, que forma parte del Estado, pero que no es el Estado
mismo. En China, ha tenido lugar una enorme penetración del
capital extranjero y se han formado grandes capitales
privados, pero el patrimonio económico del Estado aún supera
al del capital privado, en especial en los bancos.
En los ex Estados obreros prospera el capital privado, pero no
se ha formado todavía una clase capitalista. La mediación de
los capitales privados se realiza predominantemente a través
de la burocracia y está condicionada por disposiciones
administrativas de esta burocracia. Los parlamentos no
constituyen, en ningún caso, la representación, o sea la
mediación política, de los capitalistas como clase. Tampoco
existe realmente una clase de capitalistas compradores que
tenga el monopolio de la relación entre el capital y el
mercado internacionales, de un lado, y el mercado interior,
del otro; en China, Rusia y Cuba esa mediación corre, al menos
principalmente, por cuenta de la burocracia del Estado.
El acaparamiento de la propiedad estatal puede ser un paso
hacia la formación de una clase capitalista, pero no es
sinónimo de ella. El capital se sigue formando, en el mercado
interior, por medio del saqueo del patrimonio y recursos del
Estado. Aunque con gradaciones que varían entre sí
considerablemente, el capital no es aún la potencia social
dominante, o sea que es capaz de subordinar efectivamente
todas las formas del trabajo social a la acumulación del
capital. En China, donde esta potenciación social del capital
es más intensa, este papel lo desempeña el capital extranjero
no el nacional (la manifestación más desarrollada de un
capital nacional chino tiene lugar en Hong Kong y se ramifica
a las regiones costeras del sur).
Las contradicciones propias de estas formaciones sociales
entrelazadas, "sui-géneris", de los regímenes capitalistas
transitorios, han tenido una manifestación excepcional en la
semi-confiscación de los pulpos petroleros rusos Yukos y
Sibneft, por parte del Estado. El gobierno de la burocracia
rusa se postula a intermediario entre el capital petrolero
internacional y los recursos petroleros de Rusia. Ha sido
forzado a proceder de esta manera por la inminencia de una
transferencia de propiedad de la oligarquía rusa, sin capital
para competir en el mercado mundial, al capital petrolero
internacional. En esta expropiación parcial de la oligarquía
ha intervenido en forma decisiva la crisis política
internacional, toda vez que los recursos, el transporte y los
métodos de distribución de gas y petróleo plantean crisis
internacionales en el Extremo Oriente, con referencia al
abastecimiento de China y Japón; en el Artico, con referencia
al transporte a Estados Unidos; en el Asia Central y el Mar
Caspio, con referencia a sus yacimientos; en el Cáucaso con
referencia al transporte a Europa, lo cual es también
determinante con los ductos que atraviesan Bielorusia y
Ucrania. Como ocurriera a lo largo de todo su pasado, Rusia
vuelve a ser incapaz de relacionarse con el occidente
capitalista por medio de un capital socialmente independiente.
24 La cuestión de la propiedad no ha sido resuelta, al menos
en Cuba, China y Rusia, las naciones más importantes en la
historia política revolucionaria. En Rusia los grandes
conglomerados tecnológicos, las joyas de la corona de la ex
URSS, siguen, parcial o totalmente, en manos del Estado. En la
ex Yugoslavia se encuentran incluso en el limbo las soberanías
estatales y los territorios, algunos de ellos incluso revisten
la condición de protectorados. Entre el proceso de
privatización que caracteriza a la restauración capitalista y
las privatizaciones corrientes en las naciones burguesas
existe mucho más que una diferencia de grado, en primer lugar
por su escala, en segundo lugar por su peso en la economía
mundial y en la redistribución de poder entre los monopolios
capitalistas internacionales, en tercer lugar porque implica
una catástrofe social para decenas y centenares de millones de
personas.
En China la transformación capitalista de la propiedad ha sido
facilitada por la ausencia de una gran industria estatal
moderna, al menos en comparación con la de Rusia. Pero aun
tiene que resolver, por una parte, el destino del monopolio
financiero y del crédito que aun conserva el Estado y, por la
otra, el de la propiedad agraria de centenares de millones de
campesinos que explotan la tierra en la forma de usufructo.
Los bancos estatales se encuentran en bancarrota, con un monto
de créditos incobrables que iguala al producto bruto interno
de China. La privatización de los bancos estatales supone una
declaración de quiebra financiera parcial del Estado, pero
también plantea la amenaza del derrumbe de decenas de miles de
empresas industriales financieramente quebradas, con su
secuela inevitable de decenas de millones de cesantías. Un
rescate estatal de estas empresas no plantearía solamente la
perspectiva catastrófica de una hiperinflación sino también
una catástrofe financiera internacional, que sería un
resultado del retiro del capital en divisas que China tiene
invertido en las deudas públicas de diferentes estados
capitalistas. Las contradicciones extraordinarias que
caracterizan a la restauración del capitalismo quedarán
expuestas a fuego en las crisis financieras internacionales
que se anuncian inminentes, como ya quedó de manifiesto, en
una escala harto menor, en 1997-99, cuando la crisis asiática
provocó la crisis rusa y el derrumbe, a término, del gobierno
de Yeltsin.
La perspectiva de la privatización agraria ya está dando lugar
a la expulsión de los campesinos de la tierra por parte de las
burocracias locales que hasta ahora los explotaban
principalmente por la vía confiscatoria del impuesto, las
tasas y los tributos. En China la concentración de la
propiedad de la tierra ya se encuentra en marcha y,
paralelamente, la intensificación de las rebeliones en el
agro. El otorgamiento de rango constitucional al derecho a la
propiedad privada apunta a consolidar la superestructura
jurídica del proceso de privatización financiera, industrial y
agraria, que se encuentra recién en los inicios.
La restauración capitalista no podría ser nunca,
fundamentalmente, un proceso orgánico interior. El capitalismo
ha alcanzado un nivel histórico de desarrollo que pone un
límite infranqueable a esa posibilidad. La restauración
capitalista sólo puede desenvolverse como un proceso
internacional, sometida a la hegemonía del capital financiero.
Pero el capital internacional procede, en esta labor, conforme
a su propia naturaleza. Está obligado a abordar y a
condicionar la restauración capitalista a la lucha
internacional por el control y la hegemonía del mercado
mundial y por el monopolio de la redistribución de influencia
que la restauración capitalista provoca en el mercado mundial.
A partir de aquí pone en movimiento una contradicción
importante; de un lado, una tendencia a valerse de la
penetración en los nuevos mercados para intensificar la
competencia por el monopolio del mercado mundial existente y,
del otro, una tendencia a bloquear la restauración del capital
para atenuar esa competencia mundial y frenar el ingreso de
nuevos competidores. La penetración capitalista extranjera en
los ex Estados obreros ha sido impulsada hasta ahora por el
precio relativo menor de la fuerza de trabajo y de los
recursos tecnológicos y naturales, agudizando la competencia
en el mercado mundial entre los monopolios capitalistas
establecidos. La re-colonización económica masiva del espacio
interior de los ex Estados obreros se encuentra en gran parte
condicionada al desenlace de la rivalidad comercial,
financiera y política que se ha acentuado, entre esos
monopolios y entre sus respectivos Estados. En resumen, la
restauración capitalista constituye un episodio histórico
concreto de crisis gigantescas y revoluciones.
25 Los trabajadores de los ex Estados obreros tienen frente a
ellos una gama de tareas políticas: 1. La lucha contra la
burocracia, porque la expoliación de la burocracia para
acumular privilegios no ha desaparecido sino que se ha
acentuado como consecuencia de la tendencia a la restauración
del capitalismo; 2. La lucha contra la restauración del
capitalismo, porque, de un lado, la privatización de la
propiedad expropiada al capital todavía está en sus inicios y
porque, del otro lado, las privatizaciones constituyen un
largo proceso de lucha contra los trabajadores por parte del
capitalista que ha entrado en posesión de la propiedad estatal
para adaptar la explotación del trabajo a las nuevas
condiciones de producción y a las nuevas condiciones de
mercado; 3. La lucha contra el capital.
La IV Internacional rechaza las posiciones que:
1. Llaman a defender e incluso apoyar a la burocracia,
atribuyéndole el carácter de un límite parcial a la
restauración capitalista y una moderadora de la tendencia de
ella a una intensificación de la explotación. Destacamos, por
el contrario, la acentuación del parasitismo de la burocracia
y de sus propias tendencias explotadoras, así como de una
tendencia a estrechar relaciones con el capital internacional.
Esta posición distorsionante acerca del rol de la burocracia
se manifiesta principalmente con relación a Cuba, en menor
medida en China y ha reaparecido en Rusia con posterioridad a
los roces de Putin con la oligarquía que fue creada en el
período de gobierno de Yeltsin. En conformidad con las
peculiaridades que distinguen a los diferentes países y
teniendo incluso en cuenta las características de las
situaciones políticas del momento, la IV Internacional plantea
el derrocamiento de las burocracias existentes y su reemplazo
por gobiernos obreros y campesinos que repongan la dictadura
del proletariado, confisquen a la burocracia y expropien al
capital y establezcan un sistema de gobierno de consejos
obreros.
2. Que oponen a la privatización integral de la propiedad
estatal el establecimiento de un régimen social mixto o
cooperativo, alegando que la asociación con el capital privado
es indispensable para superar el atraso histórico que la
burocracia fue incapaz de resolver o que pudo haber agravado.
La perspectiva de una cooperación breve o relativamente
prolongada con el capital internacional o incluso nacional en
el terreno económico, que sirva a una causa histórica de
progreso se encuentra, sin embargo, condicionada a varios
factores: uno, a que esa negociación sea encarada por el
gobierno obrero y no por la dictadura burocrática; dos, a
consideraciones internacionales y no solamente nacionales, en
primer lugar el estado y las perspectivas de victoria de la
revolución mundial. El carácter social de una transición está
determinado por el carácter del Estado; cuando éste ha pasado
a manos de una burocracia, la privatización en masa lo
convierte en una garantía, no de las viejas conquistas
sociales, sino de las adquisiciones capitalistas.
3. Atribuyen los resultados destructivos de la restauración
capitalista, tanto reales como potenciales, exclusivamente a
la supervivencia de la burocracia y a que no se hubiera
establecido una democracia efectivamente representativa. En
realidad, sin embargo, ninguna democracia representativa ha
podido prescindir, históricamente, de una burocracia y, lo que
es más, la historia política de la democracia, o sea de la
dominación de la sociedad civil, no ha sido más que la
persistente estatización de las relaciones civiles. La
reivindicación de la democracia formal ha sido, en todo el
proceso preparatorio de la restauración capitalista, el
mecanismo ideológico que ha encubierto la expropiación del
patrimonio estatal por parte de la burocracia, los
acaparadores privados y el capital internacional.
La pretensión de desalojar las grandes revoluciones sociales
de contenido proletario del siglo XX de la historia, en
especial de la revolución del 17, por medio de un proceso
indoloro, pacífico o gradual ya ha fracasado. Por el conjunto
de factores que la condicionan, la restauración del capital
deberá dar lugar a gigantescas conmociones sociales y
políticas internacionales. De todos modos, una victoria del
capitalismo sólo tendría la capacidad de retrasar la marcha de
los minuteros de la historia. Esa victoria replantearía la
lucha entre el capital y el trabajo en nuevas condiciones
históricas; es decir, la competencia, la concentración de la
riqueza en pocas manos, la socialización de la producción, las
crisis, las contradicciones insolubles del capital, en fin un
nuevo período de revoluciones socialistas.
VI. La crisis social en los países capitalistas
desarrollados
26 La expresión más contundente de la crisis mundial es la
incapacidad de la burguesía para sostener la legislación
laboral y los regímenes de protección social, que han sido la
principal conquista popular de las luchas revolucionarias de
la ante y la pos-guerra. Esta incapacidad obedece a la
fenomenal caída de la tasa de beneficio, histórica, del
capital. Esta caída es un reflejo de la incapacidad del
capital de reproducirse sobre sus propias bases. La superación
de la crisis de la acumulación capitalista exige un incremento
drástico de la tasa de explotación del proletariado. De aquí
resultan las tendencias a la flexibilización laboral en sus
diversas formas y el desempleo en masa. También resulta de
aquí la tendencia a la liquidación de la protección social
(salud, previsión), porque ella forma parte del precio de la
fuerza de trabajo que es necesario reducir drásticamente. La
crisis de los presupuestos estatales son un reflejo de esta
situación. El Estado intenta, primero, hacer frente a la
crisis del capital mediante la transferencia de la carga
impositiva a los consumidores, la privatización del patrimonio
económico del Estado y mediante el endeudamiento público; en
casos extremos, mediante la inflación y la hiperinflación.
Luego, la carga de los intereses y de la deuda y los límites
para una presión impositiva mayor plantean la crisis de las
finanzas estatales y de los servicios públicos.
La privatización representa el intento de la burguesía de
asociar el financiamiento de la seguridad social al ciclo del
beneficio capitalista y liquidar, de este modo, su carácter de
norma de derecho que encarga al Estado la protección social de
los trabajadores. En la época de crisis, el ‘ideal’ de la
burguesía es asociar el precio de la fuerza de trabajo al
movimiento de los beneficios capitalistas (es decir de sus
pérdidas). De aquí nace el planteo más extremo de determinar
el salario como una parte del beneficio. La desocupación en
crecimiento y la caída relativa de los salarios provocaron una
considerable reducción de los aportes a las distintas formas
de seguridad social. La privatización acentuó, en muchos
países, la crisis, porque dejó al Estado con un menor
financiamiento para la seguridad pública. Constituyó un
formidable instrumento de confiscación de los trabajadores,
porque los fondos recogidos financiaron grandes negocios
capitalistas y una especulación financiera sin precedentes. El
derrumbe bursátil del 2000, a su turno, provocó el derrumbe de
los sistemas de protección social privatizados, en especial
los referidos a los retiros y jubilaciones. El cuadro actual
es de una bancarrota simultánea de la protección social tanto
estatal como privada. En lo referido a la salud, sus costos se
han incrementado en forma enorme debido a los superbeneficios
de los monopolios farmacéuticos y a la privatización de la
atención médica, que al adoptar un carácter de negocio
capitalista significó al mismo tiempo un enorme
encarecimiento. Los apologistas del capitalismo atribuyen esta
crisis al envejecimiento relativo de la población, de lo que
se deriva la necesidad de aumentar la edad de retiro. La
falacia de la tesis se comprueba en que, con el aumento
simultáneo del desempleo, el aumento de la edad de retiro
solamente significa el aumento de la desocupación en masa. La
protección que se niega al que debiera jubilarse habría que
destinarla al desocupado; las cuentas cierran exclusivamente
con el abandono de los desocupados.
La dependencia recíproca entre el derrumbe de los derechos
sociales y laborales, de un lado, y la crisis capitalista, del
otro, se pone de manifiesto en el hecho de que a medida que
aumenta la productividad del trabajo el capital exige el
aumento de la jornada laboral y de su intensidad y la
reducción de los salarios. A medida que aumenta la capacidad
de creación de riqueza social, crece, por parte del capital,
la exigencia de una mayor miseria social. Resulta claro, sin
embargo, que el aumento de la tasa de explotación relativa del
trabajador (mediante mejor tecnología) y de la absoluta (mayor
flexibilidad laboral), lleva a limitar cada vez más la
posibilidad de realizar el mayor valor que produce el capital.
La salida para esta contradicción, que siempre será
transitoria, reside, por un lado, en la restauración del
capital en los ex Estados obreros y, por el otro, en una
desvalorización del propio capital que haga más rentable su
aplicación productiva. La primera salida implica guerras y
catástrofes internacionales, la segunda una crisis económica
sin precedentes, porque la desvalorización debe ser precedida
por la quiebra.
27 La defensa de las conquistas sociales que implican la
propia vida de los trabajadores reclama una lucha de alcances
históricos, que plantea en definitiva el derrocamiento del
capitalismo. Esto queda más claro todavía luego del fracaso de
las tentativas pusilánimes de compromiso de la burocracia
sindical, como canjear el mantenimiento de la seguridad social
por mayores aportes de los trabajadores, disminución de
prestaciones o elevación de la edad de retiro; o la admisión
de la caída de los convenios laborales en el ámbito de las
llamadas pequeñas y medianas empresas.
La IV Internacional plantea la defensa de todas estas
conquistas sociales mediante un sistema de reivindicaciones
transitorias. Con relación a la seguridad social planteamos la
estatización sin pago de todos los sistemas de retiro privado,
bajo control de los trabajadores, y asegurar una prestación
determinada igual al último salario, a las edades
históricamente establecidas. El retiro, una parte del salario
del trabajador a lo largo de su vida, debe ser íntegramente
pagado por los capitalistas, como ocurre con el salario
corriente. La posibilidad de aumentar la edad de retiro podría
convertirse en un factor positivo de desarrollo humano en un
régimen social sin desocupación, donde la organización del
trabajo se encuentre bajo control obrero e integre las
vocaciones personales, que garantice la educación, la salud y
el esparcimiento, es decir, en el marco de una sociedad de
decisiones libres. Con relación a la salud pública planteamos
el control obrero de los monopolios farmacéuticos, una
atención estatal de salud bajo la gestión de los trabajadores
y su financiación a cargo directamente de las patronales. La
defensa de la salud y del retiro de los trabajadores implica
el cuestionamiento del monopolio del capital.
Frente al flagelo de la desocupación reivindicamos, contra los
despidos, la escala móvil de trabajo (reparto de las horas en
la empresa sin afectar el salario), pero agregamos el reparto
integral de las horas de trabajo de toda la sociedad, mediante
una bolsa nacional de trabajo que integre a los trabajadores
desocupados de acuerdo a su oficio, especialidad, residencia y
condiciones de edad y de sexo. Si la escala móvil de las horas
de trabajo plantea un desafío a la propiedad capitalista en el
ámbito de la empresa, el reparto de las horas de trabajo en la
sociedad lo plantea al nivel de todo el Estado.
En oposición a la tendencia del capital a alargar la jornada
de trabajo, intensificar su ritmo, violentar los periodos de
descanso y vacaciones (anualización de los periodos
laborales), establecer contratos laborales precarios, reducir
los salarios mínimos y las escalas salariales, planteamos:
salario mínimo vital y móvil igual al costo de la canasta
familiar; jornada laboral de ocho horas; descanso y vacaciones
colectivos, prohibición de los despidos; contrato de trabajo
indeterminado; control obrero de las condiciones de trabajo
por medio de comités de empresas; convenios colectivos de
trabajo por medio de representantes obreros elegidos y
revocables en asambleas. La IV Internacional denuncia las
limitaciones de la semana de 35 horas pactada en Francia, en
1995, porque se otorgaron como compensación al congelamiento
de los salarios nominales, restringieron el reconocimiento de
las horas extras y se autorizó su calculo anualizado,
permitiendo con ello la violación de la jornada de ocho horas
y el derecho a vacaciones y feriados colectivos. En Francia,
la desocupación y la precariedad del trabajo han crecido y la
situación general de la clase obrera ha retrocedido. Para que
la reducción de la semana laboral sea un instrumento real de
lucha contra la desocupación debe ir acompañada con la
prohibición del despido y de extender la jornada laboral o
intensificar su ritmo, con la escala móvil de los salarios y
con un control obrero capaz de determinar que el resultado
social de la reducción de la semana laboral haya servido al
progreso de los trabajadores.
28 En el curso de la presente crisis mundial se han producido
enormes luchas sociales y nacionales, pero el proletariado de
las principales naciones industriales ha estado relativamente
ausente de ellas, con la excepción parcial de Corea del sur.
Algunos choques importantes van marcando, sin embargo, un
cambio de tendencia, por ejemplo las ocupaciones de la Fiat,
en Italia, en 2002, o las que están en curso en los astilleros
de España. Pero los amortiguadores sociales de la lucha de
clases tienden a disolverse, en particular en Europa, porque
han entrado en una contradicción cada vez más intensa con el
capital. La IV Internacional reivindica la necesidad de ocupar
un lugar destacado en todas las luchas provocadas por la
opresión social o nacional y al lado de todas las clases,
grupos o nacionalidades que sufran la opresión o la
arbitrariedad. La lucha contra el capital envuelve a la
totalidad de las contradicciones y antagonismos que crea o que
refuerza la dominación capitalista mundial y entre las que se
establece una relación de dependencia recíproca. Si Inglaterra
hubiera sido derrotada en Malvinas, en 1982, digamos, el
gobierno Thatcher no habría derrotado a los mineros británicos
en 1985. La IV Internacional participa junto a los sin tierra
de Brasil, Paraguay o Argentina, los campesinos cocaleros de
Bolivia y Colombia, las mujeres asesinadas en México o
golpeadas en todo el mundo, los inmigrantes sin papeles, los
niños esclavizados, los jóvenes que reclaman el pleno derecho
a la educación y los movimientos de trabajadores, en
particular campesino, por la defensa y mejoramiento de su
hábitat y medio ambiente, por la defensa de los derechos
personales de todo orden contra el Estado policial que es todo
Estado capitalista. La IV Internacional interviene en estas
luchas, no en defensa de salidas de orden particular (que no
son tales), sino para producir un único movimiento
internacional por la victoria de la revolución socialista.
Sólo participando en las luchas contra toda, absolutamente
toda, forma de opresión puede una vanguardia obrera reclamar
su lugar en las filas combativas del proletariado industrial
internacional.
Los cierres de empresa y la tendencia a la crisis industrial
han planteado las ocupaciones de empresa y las plantearán
todavía más en el futuro. Las ocupaciones de empresa han
planteado, históricamente, un conjunto de cuestiones, que se
encuentran vinculadas a las condiciones de conjunto de la
lucha. Cuando tienen que ver con la bancarrota económica,
oponen al cierre o al despido masivo el reclamo de la
expropiación de la empresa y su puesta en funcionamiento bajo
la responsabilidad de los propios trabajadores. La IV
Internacional plantea, en estas circunstancias, la
expropiación sin pago de los capitalistas, la confiscación de
sus bienes privados, la puesta en marcha de la empresa con
fondos estatales y la gestión obrera de la producción. De
acuerdo con el nivel de generalización de la lucha, se plantea
la formación de un frente de empresas ocupadas y gestionadas
para, alternativamente, exigir fondos bancarios sin interés
para el funcionamiento de la gestión obrera, la intervención
de los trabajadores en la gestión de los bancos y la
nacionalización sin pago del sistema financiero bajo la
dirección obrera. Mientras que es claro que una gestión obrera
de una empresa o un grupo de empresas no tiene destino bajo el
capitalismo, la IV Internacional advierte contra el
intervencionismo del Estado o incluso la estatización de las
empresas que se encuentran ocupadas o gestionadas, porque
implican un paso hacia la destrucción de la gestión obrera y,
cuando las condiciones más generales son revolucionarias o
prerrevolucionarias, un instrumento contra la revolución
proletaria. A la estatización de empresas gestionadas, de un
lado, y a la salida individual de la cooperativa obrera o de
la autogestión, la IV Internacional opone la alternativa del
frente de las empresas ocupadas y gestionadas; su intervención
en los bancos estatales y privados, incluyendo la
nacionalización financiera, para viabilizar la gestión obrera;
su alianza con el conjunto del movimiento obrero en torno a
las reivindicaciones comunes y en la perspectiva de una huelga
política de masas.
La IV Internacional establece la distinción entre las
estatizaciones burguesas nacionales contra el capital
extranjero, que tienen un carácter relativamente progresivo, y
las que van dirigidas a sustituir a la gestión obrera, que van
contra la posibilidad de una acción independiente del
proletariado.
Una tarea de importancia excepcional en la presente crisis es
la organización de los desocupados. Esta organización no
solamente atenúa la rivalidad entre los trabajadores que
estimula el capital sino que tiene a convertirse en un
poderoso arsenal revolucionario, dado que los desocupados
representan el sector más golpeado y desesperado de las masas
y el que concentra la disolución del capital en cuanto tal.
Este potencial revolucionario explica la obstinada oposición
de la burocracia de los sindicatos a su organización, que sin
embargo es insustituible para acometer la tarea sindical por
excelencia, que es la atenuación de la competencia entre los
trabajadores. En la medida en que la vanguardia revolucionaria
se esfuerza por organizar a los desocupados, mediante la
presión en los sindicatos y fuera de ellos, y convierte a esta
organización de los sin trabajo en un movimiento de
solidaridad con los trabajadores empleados que luchan contra
las cesantías y la flexibilidad laboral, esa vanguardia logra
un acercamiento sin precedentes al conjunto de la clase obrera
en el terreno más avanzado posible. La reivindicación
fundamental de los desocupados es el derecho a la vida y al
trabajo, o sea un seguro al desempleo, de una parte, y el
acceso al empleo, de la otra. Frente a los intentos del Estado
de adulterar el |